6 de marzo de 2026. ¿Qué hacer con este saludo? ¿Qué hacer con el miedo, con la ira silenciosa, con la sospecha? ¿Qué hacer con esta complicidad que te sacude y te disuelve, donde la figura humana deja de moverse y la violencia obscena se normaliza?Las palabras importan. Los gestos importan. La foto importa. La puesta en escena te traspasa, te disuelve. Tanta complacencia duele. Se mete en tus huesos, en tu carne. El encuentro fue una orgía de alegría, de servilismo. No importa que los muertos se amontonen ahí fuera, que la sangre corra. Amplias y jugosas sonrisas para el gendarme alienado.
Quienes hoy cierran los ojos deberían recordar que la normalización del abuso es siempre performativa. No es que Trump (y Milei) tengan poder y por eso se normaliza, es que validar su impunidad es lo que aumenta su poder. Lo que toleramos por conveniencia acaba convirtiéndose en un precedente y consolidándose como una práctica legítima.
Cada silencio o gesto de indulgencia, cada crítica pospuesta, contribuye a ampliar el margen de maniobra de quienes ignoran las reglas. Y ahí reside el verdadero peligro: no en aplicar la arbitrariedad, sino en el hecho de que, una vez aceptada, ya está disponible para cualquier situación. Un poder sin máscaras sólo necesita, expandirse, que el resto de nosotros sigamos fingiendo que lo que todos, sin excepción, sabemos, no está sucediendo. Los gestos públicos se convierten en modelos de aceptación, y no parecen imposiciones, sino consecuencias lógicas de principios incuestionables.
Hay algo excesivo que cansa en la realidad actual. Esa crueldad indiscriminada del poderoso y del hombre común. Como si la bondad fuera una deficiencia de carácter, una insignia de perdedores. Y todo sucede a plena luz del día. Sin pedir cuentas. Sin exigir responsabilidades, sin esa urgente necesidad de reaccionar ante la barbarie. Aquí es cuando el poder se vuelve “natural”. Fabrica consenso a través del miedo anticipatorio.
¿Cómo no ir a saludar a Trump? Quizás porque sobre sus espaldas hay 70.000 muertos en Gaza, una masacre que podría haber evitado. Porque hoy tenemos 2.500 muertos en su guerra por dominar el flujo de petróleo. Porque, Messi, vives en un país como emigrante, en el lujo, sí, pero emigrante al fin y al cabo, mientras La mano que usted estrecha diseñó la crueldad del ICE para perseguir violentamente a inmigrantes como usted, sí, de gama baja. Hay un poder autoritario que no gobierna: irrumpe. No administra: impone. Un poder que sólo existe para sí mismo y necesita algo contra lo cual existir: Enemigos afuera para unir y amigos adentro para disciplinar.
Al mirarnos tanto el ombligo hemos abandonado ontológicamente al otro. Quizás Messi nos sorprenda a todos y tenga un gesto público este 24 de marzoasistiendo a espacios de memoria, y condenando la masacre más inhumana ocurrida en nuestro país.
Periodista, exjugador de Vélez, clubes españoles y Campeón del Mundo en Japón 79.






