Entretenimiento

Mantras del sistema: cómo el lenguaje nos domestica – Noticiero express

Por

Vivimos rodeados de frases y conceptos que brillan como neones en una civilización que se desmorona. Nos los repiten en conferencias, anuncios, redes sociales, libros de autoayuda y, sobre todo, en discursos institucionales. Son como mantras, palabras y frases que suenan bien, que parecen sabias, que nos hacen sentir parte de algo grande. Pero si las miramos de cerca, si les quitamos el maquillaje, vemos que son puro humo, mentiras escritas con tipografía elegante y olor a incienso, engaños al por mayor.

Son palabras o ideas que nos acompañan en todas las fases de nuestra vida. Así, desde pequeños nos dicen que “si te esfuerzas, destacarás”. Que “el éxito es cuestión de voluntad” y que “la cumbre está al alcance de quien no se rinde”. Pero nunca mencionan que el mapa está amañado, que hay quienes nacen arriba y otros sin botas de montaña. Ese esfuerzo sin red es agotamiento, y esa meritocracia es el cuento que repite el sistema para que no mires quién reparte las medallas.

Nos dicen que comprar pisos y luego especular es “libertad financiera o inmobiliaria”. Que subir el alquiler un 40% es “optimizar activos”. Que expulsar a las familias de sus hogares es “reordenar el mercado”. Pues no, eso no es libertad. Es avaricia disfrazada de estrategia. Está convirtiendo las casas en cifras y el derecho a vivir en una transacción, en una mercancía. Y lo peor: nos lo venden como éxito o progreso.

Nos dicen que la “flexibilidad laboral” es libertad, cuando muchas veces en realidad es precariedad con jornada extendida. Qué “economía colaborativa” es compartir, cuando en realidad es que una multinacional se queda con tu coche, tu casa y tu tiempo, mientras tú colaboras con tu precariedad. Esa “marca personal” es autenticidad, cuando en realidad se está convirtiendo en un producto.

También nos dicen que trabajar por cuenta propia es libertad, pero en realidad es una forma sofisticada de internalizar las reglas del mercado. Es como si el sistema te dijera: “Ya no necesitas que te exploten directamente, ahora te explotas a ti mismo”. Así, hacerse autónomo no es liberarse del jefe, es trabajar sin horas, ser tu propio jefe… tu propio esclavo. Y Si fracasas, es tu culpa por no tener “visión” o “mentalidad de tiburón”.

Esto es capitalismo en su esencia: ya no necesitas que te controlen, porque tú mismo te conviertes en el control de tu desempeño. La precariedad se disfraza de emprendimiento y la falta de derechos se disfraza de autonomía. Lo llaman libertad, pero es autoexplotación con factura electrónica. Y lo más perverso: te hacen creer que si no lo logras es tu culpa. Porque en este modelo el fracaso no es estructural, es personal. No es que el sistema falle, es que «no te esforzaste lo suficiente».

Pero el engaño no se limita a la economía. Se infiltra en todas nuestras formas de vida, nuestros gustos, nuestras aspiraciones. Nos dicen que “ser la mejor versión de ti mismo” es empoderamiento, cuando en realidad es una forma de decirte que nunca eres suficiente. Te animan a “rodearte de energía positiva”, algo que al final supone ignorar el dolor ajeno y vivir en una burbuja de frases motivadoras.

Y si todo lo demás falla, siempre existe el comodín espiritual: “tú creas tu realidad”. Claro. Si eres pobre, si estás enfermo, si te despiden del trabajo, es porque no vibraste lo suficiente. ¡Qué conveniente para quienes ya lo tienen todo! ¡Qué crueldad para quienes luchan por sobrevivir!

Luego están todas esas situaciones cotidianas que nos acompañan como trampas en la jungla camufladas de bienestar, envueltas en frases grandilocuentes y listas para pillarte cuando bajes la guardia. Son los slogans que gurús, influencers y marcas repiten, como si fueran brújulas, pero en realidad son espejismos. Éstos son algunos de los más populares, con su traducción más realista:

Bienestar corporativo”: Te regalamos una clase de yoga al mes para que no pienses en no llegar a fin de mes.

Colaboración»: En muchos entornos laborales, “colaborar” significa hacer más con menos, asumir tareas sin reconocimiento y diluir responsabilidades. Es explotación compartida con una sonrisa corporativa.

Competitividad”: Fomenta la lógica del sálvese quien pueda. En lugar de cooperación, impone rivalidad. En lugar de justicia, premia a quienes mejor se adaptan a un sistema injusto. Es meritocracia con esteroides.

Crecimiento»: Aumentar el PIB, multiplicar los beneficios, incluso si eso significa destruir bosques, precarizar empleos y vaciar ciudades. El crecimiento no se mide en bienestar, se mide en cifras que no respiran. Es la fiebre del sistema: cuanto más crece, más enfermo está.

Crecimiento inclusivo”: Los ricos crecen. El resto están incluidos en las estadísticas para que parezca que algo está mejorando.

Desconectar para volver a conectar”: Apaga tu teléfono durante un retiro de yoga de 1.200 euros y vuelve a conectarte con tu cuenta bancaria vacía.

Desconexión digital”: Apaga tu teléfono durante 10 minutos mientras el algoritmo sigue espiándote y tu jefe te envía emails a las 23:47 O esta otra versión: “Transformación digital”: Te obligamos a usar una app que no funciona, despedimos al personal humano y lo llamamos innovación.

Educación personalizada”: Recortes en los profesores, algoritmos que te dicen qué estudiar y tú creyéndote protagonista de tu aprendizaje. Spoiler: no lo eres.

Eficiencia»: Hacer más con menos, recortar personal, automatizar tareas y, si alguien se agota, decirle que no se ha adaptado. La eficiencia no busca mejorar vidas, busca reducir costos. Es la virtud que se exige cuando ya no queda humanidad que proteger.

El autocuidado es revolucionario”: Comprar cremas a 140 euros, darse baños de sal rosa del Himalaya y llamar a eso resistencia política. Mientras tanto, el mundo arde o se desmorona.

Empoderamiento femenino”: Ponemos a una mujer en el anuncio, le damos un puesto sin poder real y seguimos pagando menos que su homólogo masculino. Pero con un hashtag feminista.

Espacios de trabajo creativos”: Un office con pufs, futbolín y café de cápsulas. Pero con contratos temporales y ansiedad decorativa.

“Flexibilidad laboral”: No tendrás horarios, ni estabilidad, ni derechos. Pero puedes trabajar desde el baño si te apetece. ¡Qué moderno es todo!

Inclusión»: Gesto simbólico sin transformación real. Se incluye a las personas en espacios que no han sido diseñados para ellas, sin cambiar las reglas del juego. Es diversidad sin redistribución.

“La felicidad está en las pequeñas cosas”: Reconforta tu alma con un rico café, un atardecer y olvídate que no puedes pagar el alquiler.

Libertad de elección”: Ilusión cuando las opciones están condicionadas por tu clase, tu código postal o tu cuenta bancaria. Elegir entre dos males no es libertad. Es una coartada para justificar la desigualdad estructural.

Libertad de mercado”: Dejemos que los grandes jueguen sin reglas, que los pequeños se ahoguen y que los precios bailen al ritmo de la especulación. Si no puedes pagar es porque no compites bien. La libertad de mercado es la libertad de unos pocos para decidir cuánto valen las vidas de otros.

Liderazgo»: Manera de justificar jerarquías y concentrar el poder. Se idealiza al líder como una figura casi mesiánica, mientras que el trabajo colectivo se invisibiliza. En muchos casos, liderar significa imponer, no escuchar. Y en el mundo laboral se traduce en exigir más sin dar más.

Neutralidad»: No te posiciones, no incomodes a la gente, no digas nada que te moleste. La neutralidad es el elegante disfraz de la indiferencia. En tiempos de injusticia, ser neutral es elegir el lado del poder sin ensuciarse las manos.

Mejoramiento»: Reducir costes, eliminar lo que no produce, convertir las personas en números y las emociones en métricas. Optimizar es deshumanizar con Excel. Es la forma moderna de decir que lo que no da dinero sobra.

Productividad»: Obsesión por medir a las personas como máquinas. Se valora cuánto se produce, no cómo se vive. Se ignora el agotamiento físico y mental y se normaliza el estrés crónico como parte del éxito. La productividad no es neutral: sirve para justificar despidos, recortes y explotación.

Resiliencia»: Una excusa para no cambiar las condiciones que te hacen caer. Es exigir fuerza sin ofrecer justicia. Es romantizar el sufrimiento y convertir la adaptación al abuso en una virtud.

Sostenibilidad»: Eslogan vacío que utilizan las grandes empresas para lavar su imagen mientras siguen contaminando. Se promueve el reciclaje de una botella ignorando que el modelo de producción en masa es insostenible por definición. Se nos pide que compremos “eco” y al mismo tiempo externalicemos los costos ambientales a los países empobrecidos. Es marketing verde, no una transformación real. La sostenibilidad no se trata de cambiar el color del logo a verde. Está cambiando el sistema que lo sustenta.

Talento»: Etiqueta que convierte a las personas en activos. Se mide, se clasifica, se monetiza. Pero no se cultiva ni se protege. Además, se utiliza para justificar las desigualdades: si no tienes éxito es porque “te falta talento”, no porque el sistema esté diseñado para excluirte.

Transición energética”: Cambia el combustible, pero no el modelo. Reemplaza el petróleo por litio, el gas por hidrógeno, pero continúa extrayendo, contaminando y desplazando comunidades. Se le llama “verde” aunque destruya montañas, se le llama “limpio” aunque dependa de las minas tóxicas del sur global. La transición energética no cuestiona el consumo excesivo, sólo lo reconfigura para que siga siendo rentable. Es el capitalismo con paneles solares. Significa seguir corriendo, pero con zapatillas recicladas.

Transparencia»: Cree portales con datos que nadie vea y llámelo responsabilidad. Mientras tanto, las decisiones importantes se toman en oficinas cerradas. La transparencia es mostrar el escaparate ocultando el sótano.

Viajar te hace más sabio”: hazte a ti mismo selfies en Chiribiteque sin hablar con nadie que vive ahí, come en Starbucks de cada país y regresa igual de ignorante pero con más seguidores.

Conclusión: desconfía del lenguaje que te abraza mientras te domestica. El primer acto de resistencia es nombrar las cosas por su nombre porque el lenguaje no es inocente. Y tú tampoco deberías serlo. Cada palabra que no cuestionas es una cadena que aceptas. Nos domestican con frases bonitas. Desobedecer comienza por romperlos.

Si no rompes el discurso, el discurso te rompe a ti. El sistema no necesita tu silencio. Tus consignas le bastan. La verdadera rebelión comienza cuando dejas de repetir. Las palabras también pueden ser prisiones. Aprende a abrirlos. El primer acto de resistencia es nombrar las cosas por su nombre.

Y ahora que has leído todo esto, ¿qué hacemos con las palabras que nos rodean? ¿Seguiremos repitiéndolos como mantras, como si fueran verdades reveladas? ¿O empezaremos a verlos como lo que son: trampas semánticas, veneno envuelto en celofán?

El lenguaje no es inocente. El lenguaje construye realidades. Y si no lo desarmamos, seguirá desarmándonos. Así que la próxima vez que escuchemos una frase que suene demasiado buena para ser verdad, no la repitamos. Desconfiemos. Preguntémonos qué esconde. Y si podemos, llamémosla por su nombre real. Porque sólo cuando llamamos a las cosas como son comienza la verdadera rebelión.

22/01/2026

Txema García, periodista y escritor

cómodeldomésticaexpresslenguajeMantrasnosNoticierosistema