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Palestina y el genocidio cultural – Noticiero express

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4 de febrero de 2026

Uno. En la gran novela de Giuseppe di Lampedusa El leopardo (1958), el sacerdote que acompaña al príncipe de Salina a sol y sombra le ruega que expíe sus pecados extramatrimoniales. El príncipe responde: “Amo a mi esposa, tuvimos cinco hijos y nunca le vi el ombligo”. ¿Quién decía la verdad y quién mostraba la realidad? Para el sacerdote la verdad no tenía atenuantes ya que todo ya estaría dicho y escrito. Y para el príncipe, igualmente devoto, bien podría tenerlos.

Dos. En uno de sus ensayos, el filósofo argentino Enrique E. Marí (1927-2001) cita a Michel Foucault, diciendo: “la verdad desafía una cuestión política, y no está fuera del poder ni carece de poder (…) cada régimen social acoge y hace funcionar ciertos discursos como verdaderos o falsos, y borra otros”. Una idea actualizada de Maquiavelo.

Tres. Marí pone el ejemplo de la decapitación de Luis XVI, tras la Revolución Francesa. Los partidarios de la monarquía informaron de su muerte con esta hermosa declaración: “El alma del buen San Luis voló a los cielos”. Pero el funcionario del registro civil del nuevo régimen estampó en los documentos oficiales: «En este día murió Luis Capeto. Habitante de la parroquia del templo. Ciudadano francés. Residencia: Palacio de Versalles. Profesión: último rey de los franceses».

Cuatro. Ahora bien, ¿qué sucede cuando la realidad y la verdad son borradas con pseudoargumentos supremacistas? Por ejemplo, la crueldad de la entidad llamada Israel a borrar la historia y la memoria en la tierra que los palestinos habitan desde hace 4.000 años.

Cinco. El fuego aéreo sionista saqueó museos, destruyó bibliotecas y archivos históricos, documentos, obras de arte, dañó palacios, como el de Quasr Al Basha (del siglo XIII), demolió la Universidad de Al Israa (al sur de la ciudad de Gaza) y su museo, que albergaba 3.000 objetos de arte, artefactos arqueológicos, instrumentos y materiales que datan de la Edad del Bronce. Un informe de Al Jazeera estimó que al menos 195 sitios importantes fueron destruidos por “el ejército más moral del mundo” (según Benjamín Netanyahu).

Seis. La Unesco documentó daños en 110 sitios del enclave costero, entre ellos 13 sitios religiosos, 77 edificios de importancia histórica o artística, tres almacenes de bienes culturales, nueve monumentos, edificios antiguos como la gran mezquita Omari y la iglesia de San Porfirio, mercados y edificios de los períodos otomano y mameluco, el antiguo puerto de Gaza (2.800 años), el sitio arqueológico de Balakhiya y 226 sitios similares. Del museo del Palacio Pasha (antigua fortaleza medieval), los devotos de la “tierra prometida” robaron 17 mil piezas de valor incalculable.

Siete. El Monitor Euromediterráneo de Derechos Humanos advirtió que Israel amenaza con borrar por completo los símbolos materiales y espirituales, y lo que queda de los monumentos y patrimonio arqueológico de Gaza, protegidos por la Convención de La Haya (1954). ¿Qué pasaría si esos abusos hubieran sido comunes en todas las guerras?

Ocho. En efecto. Pero en las campañas de Bélgica, Holanda e Italia, Napoleón saqueó el patrimonio artístico con la excusa de crear el “Museo Napoleón” (luego Museo del Louvre), en Egipto empaquetó cuidadosamente la antigua Piedra Roseta (hoy, en el Museo Británico), y en España, marchantes de arte especializados seleccionaron las obras consultando el Diccionario histórico de los profesores más ilustres de Bellas Artes (publicado en 1800).

Nueve. En la Segunda Guerra Mundial, los nazis robaron casi medio millón de obras de arte de los museos europeos, descartando algunas y valorando con igual cuidado otras, que fueron atesoradas por los jerarcas del régimen o terminaron en manos privadas. Crímenes de guerra, en definitiva, que los intelectuales franceses de la época justificaron como un regreso de las obras a la “tierra de la libertad”, y los nazis a la de la “raza superior”.

Diez. En agosto, frente al Ministerio de Asuntos Exteriores y al exclusivo Museo Memoria y Tolerancia, un grupo de activistas erigió un pequeño «antimonumento» con la silueta de Palestina y, en la parte inferior, la frase «Del río al mar, Palestina vencerá. ¡Alto al genocidio!». con lo cual, el Periódico judío de México. ob escribió el evento con un título insidioso: “Hamás tiene su monumento en la CDMX”, seguido de comentarios sobre el “…peligro de normalizar la propaganda extremista en el corazón de una ciudad” (sic, 18/8/25).

Once. Para entonces, el invasor había reducido la Franja de Gaza a escombros, asesinando a más de 60.000 palestinos en 22 meses (hoy, más de 71.000), de los cientos de miles enterrados bajo los edificios bombardeados. En otras palabras, condenar el genocidio del pueblo palestino equivaldría a “extremismo”.

Doce. ¿Quién mostró la realidad, diciendo la verdad? ¿Los activistas, o miles de medios de comunicación occidentales como el mencionado anteriormente que, histéricamente, distorsionan todo repitiendo hasta náuseas: “¡Hamás/7 de octubre/túneles!/¡Hamás/7 de octubre/túneles!/¡Hamás/7 de octubre/túneles!”?

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